Carretera y manta a la italiana

Palermo y Etna, primeras paradas de una ruta siciliana

A veces puede ser peligroso viajar con la mente a los lugares que se visitarán en el futuro. Imaginar espacios con los elementos de lo vivido, o echar un vistazo a la cantidad de imágenes a granel al teclear palabras clave en buscadores internáuticos. Decepciones, desubicaciones o sorpresas. Lo mejor es conocer los lugares manteniéndose abiertos a lo inesperado. Evitar la comparación. Aceptar que los lugares cada vez se parecen más los unos a los otros; que los centros de las ciudades o puntos turísticos suelen estar repletos de otras personas que viajan y que estos, a su vez, desplazan a los locales a áreas más alejadas; echamos a los ciudadanos con menos recursos lejos de sus propios centros, hacia lugares de menor «interés turístico».

 

 

Palermo desde el balcón. Alba Cantón

Sin quererlo, había ideado una Sicilia ocre y seca de tierras rojizas. Una meseta de isla rodeada de un mar bravo causante de la indefensión de la Magna Grecia, capricho tantas veces de civilizaciones vecinas y corsarios del Mediterráneo. La isla de Trinacia al final nada tuvo que ver con mis preconcepciones. Al acercarnos desde el aire al aeropuerto Falcone-Borsellino de Palermo, gigantes verdes dominaron el horizonte formando una muralla natural de dioses olímpicos. El mar estaba en calma. El avión se mecía hacia la pista y el escenario se asemejaba a una antigua provincia romana. Villas blancas desperdigadas rodeadas de vegetación. Podías imaginarte a sus habitantes vestidos con togas y sandalias paseando relajadamente en ese entorno amable. Volví a dejarme llevar por fotogramas de películas históricas; lugares comunes; no es posible imaginar el lugar milenios atrás; mejor dejarlo. El avión reposó sus ruedas en tierra. Estamos aquí, Sicilia actual. Al borde del tiempo que nos está aconteciendo. Es 23 de mayo.

Palermo

Sin saberlo llegamos a la mayor isla del Mediterráneo en una de las fechas más señaladas para los sicilianos. Se cumplen 27 años del atentado al juez Giovanni Falcone, gran luchador contra la mafia, uno de los desmanteladores de la Cosa Nostra. Una bomba hizo volar el coche en el que viajaba con su esposa y escoltas justo en la autopista desde el aeropuerto a Palermo, cerca de la Isola delle Femmine. Sicilia ya no es la misma. Es día de recuerdo y reivindicación. La nave de la Legalidad estará apunto de arribar a puerto.

1 500 estudiantes de toda Italia zarparon ayer desde Civitavecchia para llegar a recorrer las calles de Palermo junto a estudiantes de toda la isla y formar una gran manifestación que en 2018 congregó a 70 000 personas en marcha contra las mafias y el crimen organizado.

 

Iglesias Martorana y San Cataldo en la Piazza Bellini, Palermo. Sergio Erro

Palermo es un vergel de personas. La noche llama. No queda signo alguno de la omertà —ley del silencio; donde era mejor no saber nada en relación a actividades corruptas, y si se sabía algo mejor hacer como si no se supiera—. Los palacios y edificios palermitanos ostentan su decadencia con la grandiosidad de los tiempos pasados. Como diciendo: fuimos y aquí estamos, seguimos; sin rendir cuentas a nadie. Un grupo de personas reciben clase de bailes medievales en la Piazza Bellini, junto a la Vía Maqueda. Observar a ese conjunto de personas bailando seria y armoniosamente bajo la presencia de las iglesias de Martorana y San Cataldo —ambas parte del conjunto Palermo árabe-normando y las catedrales de Cefalú y Monreale, Patrimonio de la Humanidad desde 2005—, genera una especie de sosiego. Aún los lugares y las personas que los habitan deparan sorpresas; quizá movidos por el embrujo que reflejan los edificios y adoquines, testigos de lo que aquí ha sucedido desde que los griegos llegaran y llamaran a la ciudad Panormo —puerto fluvial— y fenicios y cartagineses antes que ellos. Palermo llegó a ser uno de los referentes culturales y artísticos del Mediterráneo, y esa fuerza jamás se pierde.

 

La calle en Palermo. Sergio Erro

 

Barullo, paseos, colas para entrar a cenar en las trattorie, música en la calle y amabilidad por los Quattro Canti. Buen recibimiento el de la antigua ciudad normanda, aragonesa, sarracena, española… de edificios escarlata, vainilla, coral, tierra.

 

 

Techo interior de la iglesia Martorana, Palermo. Sergio Erro

 

Un nuevo día nos invita a un soleado paseo por las calles destartaladas y mercados. Visita al Palacio de los Normandos —de fachada estilo árabe-normando e interior de mosaicos de pan de oro en la Capilla Palatina—, café con cannoli —típicos en Sicilia desde 1024 como anuncia el letrero del establecimiento—, rellenos de ricota y pistacho. Strada e coperta. Lo que viene siendo carretera y manta a la italiana: frenazos, pitidos y vehículos que se interponen entre tú y el horizonte a toda brisa y sin aviso. Salimos de la ciudad rumbo a las montañas. Volare, La bámbola, La stagione dell’ Amore, Arrivederci Palermo…

 

 

«—Pero, España, ¿es bonita? —insistían.

—Es como Sicilia —decía—: la parte que da al mar es bellísima, llena de árboles y viñas; en el interior es árida, «tierra de pan», como decimos nosotros, y de pan escaso…».

Leonardo Sciascia, Los tíos de Sicilia

 

 

Volcán Etna. Alba Cantón

La ruta hacia el este por el interior ofrece un leve desnivel. Aparecen los prados, las flores y las ciudades construidas en lo alto de las montañas —Enna—. En apenas dos horas divisamos los 3 330 metros de cono perfecto y nieves perpetuas: el Etna, el coloso en medio de los campos, de la planicie. Habitante despierto, gran señor del Mediterráneo, al que las leyendas cuentan se arrojó Empédocles por descubrir el secreto de la actividad eruptiva de su interior o para ser venerado como un dios por los ciudadanos tras haber devuelto a la vida a Pantea, agrigentina ya deshauciada por los médicos. Allí arriba, en la base de los cráteres de la cumbre, se encuentra la torre del filósofo de orígenes inciertos. Lo que hoy son ruinas, se desconoce si fueron el refugio de Empédocles o un templo en honor al filósofo de Agrigento, construida en tiempos de Adriano —entre 117 y 138 d. C—. El emperador romano ascendió al volcán en varias ocasiones para disfrutar de la subida, bosques y coladas de lava; y de las vistas de toda la provincia de Catania. Hoy la torre está medio enterrada por la actividad volcánica.

El lugar de reposo será Milo, la ciudad del vino y la música, en la ladera del volcán.

 

Alba Cantón
Alba Cantón
alba@itinerariaeditorial.com

Periodista. Ha trabajado en medios de España y Ecuador. En la actualidad, trabaja en 'A Casa Museo José Saramago' en Lanzarote y co-dirige la editorial 'Itineraria'.

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