Una reseña de Tierra del mar, de Sergio Erro, por Eduardo Laporte.
Las historias que pueblan Tierra del mar (Sergio Erro, Itineraria editorial, abril de 2024) ofrecen muchas lecturas. Y distintos modos de acercarnos a ella: desde la curiosidad histórica, etnográfica, folclórica, pero también desde el hambre poética.
Porque Sergio Erro mantiene ese pulso lírico durante toda la obra, un precioso homenaje a un territorio, Lanzarote y sus seis satélites (sutil guiño a una obra de próxima aparición en Itineraria, también sobre la isla conejera), pero también a aquellos que marcharon hacia lugares menos exigentes.
Respecto al carácter evocador que aparece, en mayor o menor medida, en los trece relatos de Tierra el mar, me quedo, por ejemplo, con ese periodo de silencio, de olvido, de a-historia (de arrealismo, incluso) que vivió la isla desde que las galeras romanas dejaron de fondear las costas lanzaroteñas hasta que se produjo la conquista castellana.
«Durante mil años, no apareció nadie y, por alguna desconocida razón, ningún isleño se aventuró a salir de la isla».
Eso es aislamiento y no el de Tristán de Acuña, la isla más lejana de tierra firme que existe, ubicada en un punto insondable del Atlántico en la que viven 270 habitantes bajo nacionalidad británica. En 1961, un volcán obligó a desalojar la isla y encontrar protección en Reino Unido; cuando se calmaron las lavas, algunos se quedaron, pero la mayor parte regresó a aquel islacho perdido.
De eso no habla Erro. Ni falta que hace, porque los temas abundan en esta obra que tiene al mar como centro de ingravidad permanente. A través de ese líquido hilo conductor, el autor nos conduce por la vida de los primeros pobladores y sus ritos ancestrales de Titerogaka, la toponimia con la que aquellos aborígenes, considerados unos salvajes por los romanos que interactuaron con ellos, conocían a su tierra.

Un material espeso, del que apenas hay certezas ni documentos fehacientes de aquella noche de los tiempos, que Erro lograr convertir en una literatura que hechiza, quizá por la naturalidad con la que recrea la vida de aquellos protocanarios, quizá por las pinceladas borgesianas con las que se reconstruye esas realidades pretéritas.
Como ese diálogo de hogueras que mantienen los de Titerogaka con la isla vecina, que debía de ser Erbania, más tarde Fuerteventura. Porque estuvieron mil años solos, pero no tanto como los de Tristán de Acuña: había alguien al otro lado, más allá del estrecho de la Bocaina.
«Entrecerraron los ojos para afinar la vista, algunos se ponían de puntillas y los más pequeños se subieron a las rocas cercanas. En el horizonte oscuro, donde debía de estar la lejana costa, unos minúsculos puntos de luz amarilla se encendieron».
Guadarfía, corsarios y migraciones
La historia avanza y a sus primeros juegos con el fuego y sus diversas aplicaciones, como esa tosca pero efectiva comunicación interinsular, le siguen otros capítulos, otras historias, como la de Timamasi e Idasse, rebautizados como Isabel y Alfonso, en uno de esos tics impositivos tan queridos por el reino de Castilla en general y la casa de Guzmán en particular. Recuerda esta historia a algunas de las tramas secundarias que se despliegan en El Quijote, como la de Cardenio y Dorotea; en este caso, dos hermanos forzados a vivir en Sevilla como intérpretes en la expedición de Jean de Béthencourt.
Timamasi e Idasse, qué bonitos nombres, no como los últimos de Filipinas, sino de aquella tierra regida por Guadarfía que agonizaba sin remedio. Apenas trescientos ‘mahos’ habían sobrevivido a «las frecuentes incursiones de barcos en busca de esclavos».
Ahí vemos otro de los valores del libro de Sergio Erro, la descripción, con hechos, datos históricos, del peculiar destino de vivir en una isla y de cómo distintos movimientos, como unas misteriosas mareas en manos de Dios, fuerzan a sus habitantes a abandonar su hogar, libre o forzosamente.
El mejor aprendizaje llega con la vaselina de la literatura. Eso lo sabe bien Sergio Erro, polifacético perfil, por cierto, ya que además de editor, se ha descubierto como un estupendo pintor, sobre todo a la acuarela, como demuestra con las ilustraciones de su propia cosecha que enriquecen el libro, el noveno del cuidado catálogo de esta editorial.

El hecho de haber vivido trece años en Lanzarote también ayuda y aporta una impronta más vivida: no es un escribir enciclopedista redactado a golpe de wikipedias varias, sino el fruto de un saber acumulado a fuego lento a través de lecturas, pero también de la propia contemplación, de la propia experiencia isleña. Como cuando se dice que «Los navegantes europeos apenas recalaban en las costas de la isla; los vientos alisios hacían fácil la ida, pero la vuelta era muy costosa.
Así, cuando recrea sucesos legendarios como el rapto de la cueva de los Verdes, sentimos que su autor parece empatizar con aquellos setecientos desgraciados que tuvieron que esconderse en ese agujero de la tierra del ataque de los corsarios argelinos.
Leyendo Tierra del mar descubrimos también que construcciones defensivas como el castillo de San Gabriel (cuyo Puente de las Bolas ilustra la cubierta) y el de San José no se levantaron por capricho.
Dicho esto, Tierra del mar no se presenta, o al menos así lo he leído un yo, como una obra de historia, limitada por la obediencia ciega al dato histórico, sino que propone un pacto de lectura más amable, más amplio, movido por el motor de la literatura y el misterio que rodea a cada una de las islas milenarias que componen el archipiélago canario.

Recuerdo una tarde de primavera (siempre es primavera en Canarias), de cuando viví medio año en Lanzarote. Hice un parada en Tinajo, con esa visión inquietante e hipnótica del archipiélago Chinijo, y una cita de Michel Onfray me vino a la cabeza: «Ante lo mineral, surge la eternidad».
Y ahora recuerdo algo que le dijo Battiato a Eduardo Margaretto, uno de sus primeros biógrafos: «Antes de morir, Eduardo, tienes que subirte al barco que de madrugada sale desde Nápoles hacia Messina… cuando te acercas a Sicilia, la bruma de la mañana se abre y descubres cosas increíbles».
Como las cosas increíbles que encontramos en Tierra del mar, donde Sergio Erro le quita la mayúscula a la historia para hacerla cercana, vivida, poética. Una mirada profunda sobre Lanzarote, que es también una mirada honda sobre el misterioso destino de los pueblos.
Eduardo Laporte
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