Moria, las islas-jaula

Un viaje a Moria, el campamento de refugiados de Lesbos incendiado a principios de septiembre. Un viaje a la injusticia y a la incertidumbre de las vidas de los emigrantes encerrados en la isla del Mediterráneo.

Asentamiento de los refugiados en Moria. Raúl Ibáñez Aguilar

Desde hace aproximadamente un año, todos los campos de refugiados están hasta diez veces por encima de su capacidad. Se han hecho traslados al continente, para dejar a los refugiados abandonados a su suerte en las calles. Estuve en Moria en noviembre de 2019. Voy a contar lo que vi entonces.  El campo se ha incendiado y el gobierno griego está construyendo otro para alojar a los doce mil refugiados que hay ahora mismo en la isla de Lesbos. Pero las condiciones del nuevo campo son iguales o incluso peores que el anterior. Las tiendas son simples toldos sin suelo, que se enlodarán con las primeras lluvias. El nuevo campo está situado junto al mar, en una zona fría y húmeda. Se aproximan días terribles. Será un campo cerrado. Una cárcel.

Moria

El hacinamiento produce efectos adversos: insalubridad. Las condiciones higiénicas son totalmente inadecuadas. La gente se asea lo que puede y lava constantemente su ropa en agua que recogen de la única fuente visible, pero de forma muy precaria, en barreños con el agua ya negra. Los aseos y duchas son escasos, distantes de las tiendas, muchas veces cerrados o sucios. Las mujeres, de noche, utilizan cubos o pañales de incontinencia para no tener que alejarse de su entorno de noche, por riesgo de violación.

Las peleas son muy frecuentes. Las tiendas grandes acogen hasta tres familias, unas catorce personas. Es lógico que las tensiones sean constantes, dada la situación personal y las incomodidades de compartir tan escaso espacio con desconocidos. Las tiendas están pegadas entre sí, sin apenas espacio entre ellas. No hay intimidad y hay que aguantar al vecino como si estuviera viviendo contigo. Ahora no se permite a la gente que vaya a comprar comida a Mitilene y la necesidad manda. Es cuestión de supervivencia.

Escenas cotidianas en Moria. Raúl Ibáñez Aguilar

Los adolescentes están perdidos. No tienen nada absolutamente en qué ocuparse. En esa edad tan frágil, pueden cometer toda clase de desmanes, siendo frecuentes las borracheras, tráfico de drogas, etc. No tienen nada que hacer, no tienen esperanza y, cuando cumplen dieciocho años son seres sin futuro porque no son prioritarios para las autoridades y les retienen durante años. Los niños se prostituyen por comida.

Las noches les dan miedo. Grupos de enmascarados armados de cuchillos que intentan robar a los refugiados. No se sabe quienes son, pero han atacado a familias y violado a mujeres que se han apartado de su tienda para orinar de noche.

Las personas refugiadas necesitan tratamiento psicológico. Todos ellos, pero especialmente, algunas mujeres que sufren violencia de género. La falta de esperanza y la inactividad producen efectos adversos en todos.

En el campo hay mercadillos donde se vende de todo. Fruta, pan elaborado en hornos de arcilla, productos de higiene, etc. Hay barberos que trabajan al aire libre, vendedores de ropa en carrillos…

Padre e hija. Moria. Raúl Ibáñez Aguilar

Con la desproporción de habitantes con respecto a la capacidad, los servicios médicos están desbordados, siendo la prioridad los recién llegados, teniendo que dejar para días sucesivos a quienes están enfermos. Como no deja de llegar más gente, los enfermos no se tratan.

La basura se acumula, las ratas corren por todas partes, huele muy mal. Apenas hay fuentes de agua. Las lluvias inundan de barro The Jungle como llaman al olivar. Muchas tiendas están puestas directamente sobre el suelo. Se inundarán y pasarán frío.

La comida que reciben del catering oficial es escasa, inadecuada y en malas condiciones. Tienen hambre de comida normal y se les nota. Los recién llegados, que aún no han recibido su asignación, tienen que hacer cola para recibir comida, siempre que estén acreditados o buscarse la vida como puedan.

Los trámites para solicitud de asilo tienen unos plazos inasumibles, que aumentan en proporción directa con la gran cantidad de gente que está llegando. La primera entrevista se demora nueve meses, la gente se desespera. Las familias pueden tener una salida. Para los hombres solos, la salida es algo casi imposible. La obtención de un carnet de identidad o un pasaporte demora más de un año en personas vulnerables. Los demás solo pueden desesperarse.

La obtención de las distintas tarjetas es complicada.  Estos trámites pueden llevar años y los hombres solos apenas tienen posibilidades. De ahí que existan los ilegales. Gente que no quiere pasar por este calvario e intentan escapar a otros países cruzando fronteras. Necesitan ropa oscura para ello, para que no se les distinga. Pero los ilegales —la gente del bosque— en las islas no tienen ninguna posibilidad. Están varados. Por las tardes se reúnen en el puerto mirando el barco que se marcha, con desesperanza.

Jóvenes en Moria. Raúl Ibáñez Aguilar

Las historias de los refugiados son terribles. El periplo para llegar es una odisea interminable, peligrosa, con muchos intentos fallidos, con posibilidad de ahogarse, con detenciones cuando no lo consiguen. Pasan meses para intentar cruzar los pocos kilómetros que los separan de Turquía. Y se encuentran con una Unión Europea que solo quiere expulsarlos.

Muchos de los niños pequeños que corretean por el campo han cruzado siendo bebés. A muchos los ha traído un conocido o pariente no de primer grado y los confinan en una zona especial. Todos ellos, con o sin familia, que no saben por qué están aquí, deben pensar que la vida es esa prisión en la que se encuentran. Juegan como niños, pero no tendrán un futuro próximo vital para desarrollarse. No hay colegio o, en el mejor de los casos, unas clases de matemáticas e inglés impartidas por los mismos refugiados muchas veces y algunas ONG.

En Siria la situación sigue complicada con los ataques a los kurdos. Los afganos huyen de los Talibán. La situación en Afganistán es muy dura, sigue en guerra, hay persecuciones, amenazas y la gente tiene que escapar. Las gentes del Congo huyen de una guerra de la que ya no se habla desde hace años. De violaciones y torturas. Nos han contado que las torturas que se llevan a cabo en el Congo son brutales.

En otros países africanos como Somalia y Liberia, la vida no tiene valor y no hay futuro. La gente huye de la violencia y para subsistir. Y todos sabemos lo que pasa con los palestinos, que también están por aquí huyendo de esa situación brutal y consentida.

La violencia en Haití es también inimaginable. Nuestro compañero vio una foto del hermano desmembrado de un haitiano que conocimos en Chíos y se arrepintió muchísimo de haberla visto. Los asesinos se la mandaron al hermano como advertencia para que no se acercara.

Tiendas hechas con cualquier elemento. Moria. Raúl Ibáñez Aguilar

Las rutas de escape para esta gente que solo busca sus derechos como personas están cambiando mucho. Pero es un movimiento imparable, que únicamente puede aumentar. La desesperanza de la gente que trabaja con los refugiados es porque la situación no es algo puntual, sino que va aumentando y aumentará por muchos factores. Las hambrunas serán cada vez más prolongadas y la gente tiene que vivir. Las personas tienen que proteger y alimentar a sus hijos. Antes que dejarlos morir o arriesgarse a que los maten harán lo que sea.

Pero la huida a veces se convierte en la propia muerte o en una situación de pérdida de familiares. Un chico sirio de Moria estaba desesperado por encontrarse con su hermano. Nos han contado que una familia tuvo que dividirse para salir de Turquía. Primero llegaron los niños y los padres dos o tres días más tarde. Cuando llegaron a Moria los niños habían desaparecido. Nadie sabe lo que pasa en ese campo. Hay tráfico y prostitución de niños, tráfico de drogas, quizá de órganos, por un comentario que nos han hecho. En las noches, cuando no hay vigilancia, puede ocurrir cualquier cosa. La gente está desesperada. Hay quien lleva años atrapado en ese campo. Un sirio con los brazos llenos de enormes cicatrices por autolesiones lleva cinco años esperando salir. Es una situación que vuelve loco ‘literalmente’ a cualquiera. En los campos de concentración a la gente se la esclavizaba trabajando. Aquí se la esclaviza de otra manera, con inactividad absoluta, que les vuelve locos. Días y días, meses, años sin esperanza. Cualquier violencia, cualquier acto de brutalidad, cualquier cosa que ocurra en este campo es culpa de quienes lo mantienen con gente sin salida posible. Culpa de la UE y de todos nosotros, que no queremos ver lo que está ocurriendo en un país europeo.

Joven asomado a la ventana en Moria. Raúl Ibáñez Aguilar

Cuando caminas por el campo viendo esos ojos apagados y melancólicos de las personas adultas que te silencian cualquier palabra. Cuando miras las tiendas que sabes que no van a soportar el invierno. Cuando miras a los niños que juguetean y vienen a saludarte riendo pero sabes que son niños que no tienen futuro, que van a ser despreciados si consiguen llegar a otro país, que si pueden ir al colegio alguna vez probablemente lo hagan en un ambiente hostil, que muchas veces intentan el suicidio, se te cae el alma a los pies.

Y por la tarde, se llenan los ojos de lágrimas y se te parte el alma cuando te acercas al puerto y ves como los chicos refugiados se acercan a la concertina que lo rodea, donde no pueden pasar, se agarran a la alambrada y miran cómo se aleja el barco que les sacaría de este infierno y al que no pueden subir. Melancolía y desesperanza. La muerte de la esperanza. La muerte del ser humano.

Jóvenes en el puerto. Raúl Ibáñez Aguilar

Y, ¿por qué pasa todo esto? Porque los países de donde vienen están en guerra, porque en los países desarrollados se fomenta la guerra en sus países para quitarles su riqueza y vender armas que los matan, porque amenazan con matarles a ellos y a sus familias, porque han matado a sus padres y no tienen a nadie, porque están hartas de violaciones, abusos y torturas. Porque son seres humanos y quieren vivir. Solo por eso.

 

Extraído de:

http://cronicasdesdelacosta.blogspot.com/2019/10/moria-y-sus-habitantes.html

http://cronicasdesdelacosta.blogspot.com/2019/10/vida-barata-para-gente-barata.html

http://cronicasdesdelacosta.blogspot.com/2019/10/las-islas-jaula.html

Mercedes de la Fuente
Mercedes de la Fuente
mercedesdelafuenteramos@gmail.com

Enfermera y viajera impenitente. Escribo mis diarios cada noche, en cada viaje, desde hace más de 40 años. Antes en cuadernillos y actualmente en mi blog. Ahora quiero compartir los viajes anteriores y los futuros. Las mejores experiencias. El mejor aprendizaje viene de las personas y de la naturaleza.

1 Comentario
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    Carlos GarciaMontero
    Publicado el 22:16h, 22 septiembre Responder

    Aguda crónica q refleja una situación de dolor y sifrimiento, lejjana pero muy cerca del corazón. Lo menos q podemos hacer es ayidar a los voluntarios, orar por los refugiados y dar gracias por todo lo q tenemos.

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