‘Down Under’. Un viaje por Tasmania

Mi vuelta al mundo persiguiendo a Magallanes

Capítulo VIII

La escuadra de Magallanes estuvo viajando ciento tres días, recorriendo un total de 13 000 millas sin probar agua ni alimento fresco hasta que avistaron una isla.

En palabras de Pigafetta: «Estábamos arriando velas para bajar a tierra, cuando —con insólita rapidez— nos robaron el esquife amarrado a la popa de la nave capitana. Furioso por dicha fechoría, bajó a tierra el capitán general con cuarenta ballesteros, incendiaron cuarenta o cincuenta casas y muchas canoas, mataron a siete hombres y se recuperó el esquife».

Por ello, al grupo de islas la bautizaron como Islas de los Ladrones (hoy llamadas Marianas).

Una semana más tarde divisaron la isla de Samar, pero prefirieron no desembarcar ahí sino en otra más pequeña y aparentemente deshabitada. Encontraron agua fresca en abundancia. Inesperadamente, se presentaron visitantes, esta vez amigables, que traían bananas, naranjas, pescados, vino de palmera y cocos.

Además, les condujeron a lo que era el objeto de la expedición en una isla próxima: Suluan. Los indios les mostraron unas cuevas repletas de especias: canela, pimienta, clavos de olor y nuez moscada. No tomaron nada, invitaron a lo indios a visitar las naves y la expedición Magallanes siguió su travesía.

Nosotros seguiremos nuestra propia ruta, yendo a pasar unos cuantos días a Australia y acabar allí el año.

|Foto: Costa de Tasmania. Juan José Manzano
|Foto: Costa de Tasmania. Juan José Manzano

Tasmania

Aunque tanto Juanjo como yo habíamos estado anteriormente en Australia, teníamos mucha curiosidad por conocer Tasmania. Así que, desde Sydney nos fuimos directamente a Hobart, la capital de Tasmania, donde nos alojamos en un “hostel” con mucho graffiti, The Pickled Frog, para nosotros “la Rana”. Las comidas las hicimos en los pubs, donde hay muchísima gente apostando sin parar.

Hobart tiene unos edificios interesantes de 1900. Están cuidados y sin deteriorar. La ciudad es ondulada, porque ocupa unas colinas. Da a puerto de mar y al estuario del río Derwent. La mejor zona de Hobart se llama Salamanca, en recuerdo a los pastores de la ciudad española que llegaron hasta aquí para cuidar ovejas merinas que introdujeron.

Lo primero que visitamos fue el MONA (Museum of Old and New Arts), donde se puede ir en coche, en bus, en ferry o en hidroavión. Elegimos viajar en ferry que se llama Mona Roma. Hay dos barcos: el más grande esta pintado como de camuflaje, y el pequeño en gris y rosa. Nos han vendido los dos trayectos y las entradas al museo en la misma tirada.

El barco es muy divertido. Por dentro hay graffitis con mensajes del tipo Shave the Forrest, caricaturas de Gadafi, una puerta en los baños pintada como una enmascarada de rojo, con la palabra Mona-opoli. En la proa hay una escultura como un triclinio romano, y en la popa hay cuatro ovejas, donde se sientan los niños (y los adultos para hacerse fotos) y una vaca blanca  con una flor rosa en la cadera.

Pasamos por una fábrica muy grande, unos astilleros… recorrimos la desembocadura del río Derwent que forma parte de la bahía de Hobart. El museo se encuentra al final donde el río se estrecha, formando otra bahía.

Dicen que es el anti-museo. El recorrido se inicia desde la planta más profunda. El escultor que inventó este sitio y que es el autor de muchas de las obras que se representan es David Walsh, aunque hay obras de otros artistas.

|Foto: Matrícula de circulación en Tasmania. J. J. Manzano
|Foto: Matrícula de circulación en Tasmania. J. J. Manzano

No hay manera de ver parte de Tasmania si no es en coche. Hay pocos autobuses y solo disponíamos de unos cuantos días. Alquilamos un coche pequeño y fuimos hasta Richmond, que está a media hora de Hobart. Es un pueblo con casas georgianas y eduardianas, muy bonito. Casi todas las casas eran de madera con jardines, parques, río, poquísima gente por la calle, solo los turistas, pocos y muchos orientales. Estamos en la ruta de los convictos. La historia de Tasmania se origina como colonia penal, en la que habitaban presos y sus carceleros, aunque más tarde llegaron colonos. Muchas de las construcciones, puentes y carreteras están hechas por los presos en trabajos forzados.

Continuamos por la costa este. Pasamos Sorell, casi sin darnos cuenta, porque los pueblos son muy pequeños. Nos dirigimos a la península de Tasman. El nombre de Abel Tasman se repite por todas partes, tanto aquí, como en Nueva Zelanda. Era un comerciante holandés que fue el primero en divisar estas tierras en las que estuvo comerciando. Pero no fue hasta 200 años más tarde cuando el Capitán Cook reclamó esos territorios para Inglaterra. Creo que aquí le tienen más cariño a Tasman que a Cook. Para llegar a la península, nos desviamos por Marion bay porque, llegamos igual a Dunalley donde está el istmo que une la primera península —Forrestier— a la isla principal. La bahía, de aguas bajas, está rodeada de vegetación, no espeso bosque, pero arbolada. Dunalley es un pueblo de pescadores, con pocas casas.

|Foto: Istmo de Tasmania. J. J. Manzano
|Foto: Istmo de Tasmania. J. J. Manzano

Seguimos hacia Eaglehawk Neck, otro estrecho que une la península de Forrestier con la de Tasman. Este punto es uno de los hitos que no me quería perder del camino, porque hay tres sitios que visitar.

Paramos en distintos miradores para ver el paisaje, que es espectacular. Pero el primer hito, aunque pensábamos otra cosa, nos ha dejado helados. Se encuentra en la Bahía del Pirata. Se llama pavimento adoquinado. Es un efecto de la sal marina al cristalizarse, que parte las rocas como si fuera adoquines. Las rocas acaban partiéndose en bloques como si los hubiesen hecho a cincel. Pero las que forman el pavimento resulta increíble que no estén hechas por mano humana. Son simétricas, parecen exactamente adoquines.

A pocos kilómetros de allí encontramos The Blowhole. Es una gran roca perforada por el mar que forma un gigantesco arco.

|Foto: The Blowhole. Tasmania. J. J. Manzano
|Foto: The Blowhole. Tasmania. J. J. Manzano

Es un efecto de agua que perfora una roca formando uEl agua ataca y resopla con cada ola. Es impresionante. Pero más espectacular que eso son los acantilados a los que nos asomamos por un camino que bordeaba la costa. Son enormes. En los folletos pone que son los más altos del hemisferio sur. Nos dejaron sin habla. Bajo ellos, la roca forma unas plataformas perfectas para las focas, que en este momento no están. La vista es apabullante. Las olas baten contra las rocas elevando grandes cantidades de espuma. Las paredes cortadas de tajo, verticales, impresionan.

|Foto: Cabo Raoul. Tasmania. J. J. Manzano
|Foto: Cabo Raoul. Tasmania. J. J. Manzano

Nos encaminamos a Port Arthur, que es el punto que los folletos describen como más importante. Pero llegamos y nos fuimos pitando, porque el punto de interés histórico son los restos de un penal bastante hecho polvo y estaba lleno de gente.

Bajamos hacia Remarkble Cave, que está en la punta de la península. Llegamos justo a tiempo para ver a distancia Cabo Raoul, que es interesante porque tiene una formación de roca en columnas. Muy peculiar.

Recorrimos la parte oeste de la península, pasando por Nubeena, White Beach, que están en parajes muy bonitos, y volvimos a pasar por los istmos de antes para subir hacia el norte.

Por el camino, las cunetas eran de color rosa. Juanjo opinaba que ese color de matojos era imposible.

— Eso es que se ha caído un camión con algo de ese color.
— Pues el camión debía ser larguísimo, porque toda la hierba está igual.

La hierba, la tierra, todo era de color rosa, incluyendo a una cacatúa que nos pasó raspando. Intentamos preguntar en una antigua posada pero, de antigua que era, ya no alojaba gente. En Norfold los alojamientos eran carísimos.

Llegamos a Swansea, donde hay un comercio que se llama El Patito Feo. Encontramos un sitio con cabañas que valía 110 dólares. Es carísimo, pero nos quedamos en esas cabañas que, la verdad, eran muy confortables. La cabaña es bonita, tiene hervidor, nevera, tostadora y microondas.

|Foto: Costa de Tasmania. J. J. Manzano
|Foto: Costa de Tasmania. J. J. Manzano

Al día siguiente continuamos por la autopista Tasman. Recorreríamos la península Freycinet, donde se encuentra el Parque Nacional del mismo nombre. Pasamos por Coles Bay, donde hay backpackers. La costa es muy agradable, con bahías y un mar tranquilo y transparente.

Al aproximarnos al Freycinet, vimos frente a nosotros los Hazards, unas montañas de granito rosa. Divisamos tres montes que son el telón de fondo de Coles Bay.

Entramos en el parque, en el que hay que pagar por pasar. Cobran por coche o por persona, según como vayas, pero vale prácticamente igual. Dejamos el coche en el aparcamiento próximo a los senderos y rellenamos las botellas de agua, porque queríamos subir al mirador de Winwglass Bay. Dando vueltas por ahí, había un walabí que debe ser la mascota de la zona, porque se acerca a la gente pidiendo comida.

Subimos al mirador, una subida de tres cuartos de hora entre bloques de granito rosa. Marcaban el sendero como difícil, pero simplemente es un poco empinado. Está bien cuidado y es fácil de seguir. Desde la primera parte se divisa Coles Bay y, al llegar a la cima, lo que se ve es Wineglass Bay, que tiene una forma de frasca. Las aguas son extraordinariamente claras, y la arena blanca, y está considerada como una de las diez mejores playas del mundo.

| Foto: Walabí en Tasmania. J. J. Manzano
| Foto: Walabí en Tasmania. J. J. Manzano

Recorrimos un poco las bahías del parque, un mirador en el Cabo Tourville, con un faro, desde el que se divisan acantilados. Es un lugar que marca el paso de ballenas jorobadas, cachalotes, etc. También se ve desde allí el Cabo Forrestier, que tiene un promontorio delante que se llama Lemon Rock.

Antes de subir al mirador, había visto por un hueco de la vegetación una playa impresionante, que se llama Honeymoon Bay. Así que al bajar a la costa de nuevo, entramos por un sendero que llevaba a esa playa. Realmente merece ese nombre y más. Unas rocas rojas enmarcan una cala de aguas transparentes, de color esmeralda. Al fondo, los Hazards enmarcan a la zona. La cala Honeymoon tiene forma de media luna pero muy recogida, casi con forma de ostra, con una parte más estrecha.

Nos dejamos llevar un rato por nuestros instintos, moviéndonos por las rocas, disfrutando del paisaje. Estábamos los dos regocijándonos en ese sitio, cada uno a su aire, simplemente mirando y relajándonos, haciendo fotos, paseando… Nos costó irnos porque es un sitio que inspira tranquilidad y serenidad. Un chico está sentado en las rocas, nos sonreímos. Este sitio genera sensación de felicidad.

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Mercedes de la Fuente
Mercedes de la Fuente
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Enfermera y viajera impenitente. Escribo mis diarios cada noche, en cada viaje, desde hace más de 40 años. Antes en cuadernillos y actualmente en mi blog. Ahora quiero compartir los viajes anteriores y los futuros. Las mejores experiencias. El mejor aprendizaje viene de las personas y de la naturaleza.

1 Comentario
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    Elisa
    Publicado el 11:22h, 25 febrero Responder

    Gracias Mercedes.
    Me ha gustado sentir el viaje a tu ritmo.
    La Naturaleza tiene tantas formas, ¡es tan preciosa!
    En. Cada viale se descubre su fantasía.
    Un saludo 🙋

    Eli

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