Guía para viajeros inocentes

EN 1867, MARK TWAIN EMBARCÓ EN NUEVA YORK PARA TOMAR PARTE EN UNA “EXCURSIÓN A TIERRA SANTA, EGIPTO, GRECIA, CRIMEA Y LUGARES DE INTERÉS INTERMEDIOS”. LA TRAVESÍA DURÓ SEIS MESES, DURANTE LOS CUALES ESCRIBIÓ CRÓNICAS PARA UN DIARIO CALIFORNIANO QUE FUERON RECOGIDAS Y PUBLICADAS DOS AÑOS DESPUÉS EN THE INNOCENTS ABROAD, TRADUCIDO AL CASTELLANO COMO GUÍA PARA VIAJEROS INOCENTES.

Nápoles en el siglo XIX

En efecto, las crónicas de Twain, si nos fiamos de la información de la contraportada en la edición que he leído y de la que tomo las citas* [*Versión de Susana Carral para Ediciones del Viento, 7ª edición, junio 2020], desempeñaron durante mucho tiempo la tarea de guía de viaje. Para el lector y para el viajero de comienzos de siglo XXI el libro funciona un poco como documento histórico, otro poco como espejo en el que proyectar la imagen de nuestras propias experiencias, pero sobre todo como una narración humorística de un cómico genial y un gran escritor.

Un crucero por el Mediterráneo con peregrinación a Tierra Santa a lomos de una montura contada en 600 páginas requeriría una digestión complicada si el tono elegido fuera lo lírico o lo épico. El humor afilado y brillante de Twain, que se hunde sin piedad en cualquier tema sin miedo a ofender, es el mejor gancho para el lector, que quiere pasar la página o avanzar al siguiente capítulo para conocer a la próxima víctima de su ironía. El talento como narrador del escritor estadounidense dota de unidad y volumen el universo de la peregrinación, convirtiendo las crónicas en un relato quijotesco que se lee como una novela.

El narrador y protagonista, como el de cualquiera gran novela, es un personaje lleno de matices y aristas, de opiniones y visiones del mundo que a veces nos hacen reír y otras pueden escandalizarnos y hasta irritarnos. Twain, que tiene una opinión sobre casi todo y a veces ni la ironía logra tamizar su brutalidad, se manifiesta ideológicamente cristiano pero opuesto a la superstición, fiado en el progreso industrial, implacable contra el atraso, la chapuza y las corruptelas y socarrón con los moralistas incoherentes; pero también destila la superioridad moral típica de muchos ilustrados, la prepotencia patriótica de la que ahora se acusa a su país, y ciertos ramalazos supremacistas propios de un sector del mundo protestante.

A la pregunta de “qué es lo que produce el más noble de los placeres a un hombre”, Mark Twain, inflamado por la pasión aventurera y progresista del racionalismo del siglo XIX, declara muy convencido que “¡el descubrimiento! Saber que camina por donde nadie más ha caminado; que ve lo que ningún otro ojo humano ha visto; que respira un aire virgen.”

“¿Qué hay en Roma que yo pueda ver y que los demás no hayan visto antes que yo? ¿Qué hay allí que yo pueda tocar y que los otros no hayan tocado? ¿Qué hay allí que yo pueda sentir, aprender, oír, saber, que me emocione antes de pasar a otros? ¿Qué puedo descubrir? Nada. Nada de nada. Uno de los encantos del viaje muere aquí”, escribe Twain al llegar a la Ciudad Eterna.

Esa obsesión competitiva de Twain asemeja la del colono, que necesita ser el primero en llegar a un lugar para poseerlo, para hollarlo a su antojo.

Podríamos pensar que siglo y medio después, y ante la imposibilidad de disfrutar de esa conciencia adánica a estas alturas de la película, ese deseo de llegar antes que nadie ha desaparecido. Pero en las palabras de Twain me parece adivinar el monólogo interior de esa clase de viajero contemporáneo que rivaliza con su círculo más próximo por ser el primero en visitar el lugar de moda, probar un restaurante o ver una serie. Una tentación consumista a la que no me considero inmune.

‘Guía para viajeros inocentes’ de Mark Twain

Por eso, frente a esta sensibilidad viajera, utilitarista y pragmática, prefiero cultivar la experiencia del descubrimiento personal. Las emociones que un lugar provoca en mí solo yo puedo sentirlas por primera vez. Aún más, tras la sorpresa del hallazgo, de la primera vez, merece la pena el redescubrimiento. Frente al viajero que lleva un contador de los países visitados y busca constantemente la novedad, me abrazo a la idea de revisitar. Mido la excepcionalidad de un lugar por las ganas de volver a él, incluso antes de haberlo abandonado. Esa idea de volver a los lugares que nace de la capacidad para descubrir nuevos matices de lo conocido o redescubrirlo con una mirada si no nueva, al menos diferente.

La ironía de Twain nos sorprende a menudo con la carcajada, si uno es de risa fácil. A veces se desenvuelve con el espíritu pueblerino pero divertido de ese amigo provinciano sin pelos en la lengua que a alguien como yo y con suficiente alcohol a mano puede hacerle pasar una tarde inolvidable aunque diga barbaridades e incluso descubriendo en algunas de ellas el aliento de una verdad.

Mark Twain. Shapell Manuscript Foundation.

Entre los rasgos de personalidad que revelan un espíritu cateto y empequeñecido está la costumbre de comparar lo que uno encuentra fuera de la patria con su análogo en el hogar. Cuando Twain contrapone las dimensiones del lago Tahoe con las de Como o las del mar de Galilea, las de la basílica de San Pedro con las del Capitolio o el volcán Kilauea con el Vesubio, o alude a un viaje en diligencia por el Oeste norteamericano cuando cruza Francia en tren y alaba Odessa porque “parecía una ciudad americana” tratamos de ser comprensivos y contextualizar sus palabras, destinadas a publicarse en un periódico de California. Sin embargo, la obsesión con medir las cosas por su tamaño o afirmaciones como “San Pedro no parecía tan grande como el Capitolio y, desde luego, ni una décima parte tan bonita, por fuera” o “Como solo parecería un pequeño cortesano engalanado ante la augusta presencia de Tahoe” demuestran cierta falta de elegancia y apertura de miras. Por otro lado, reflejan esa mirada yanqui que identifica tamaño con grandeza, típicamente relacionada con la vastedad de un país por entonces a explorar y con sus desmesurados recursos naturales.

Uno de los elementos que más puede perturbar al lector contemporáneo se refiere a los comentarios despectivos que Twain desliza sin reparo alguno sobre la forma de ser o los atributos de todo un pueblo o una raza. De los portugueses escribe que son “lentos, pobres, holgazanes, soñolientos y vagos”, dice que los velos de las mujeres de Tánger cubren “una fealdad atroz” o que el otomano es “un pueblo, por naturaleza, sucio, brutal, ignorante, no progresista y supersticioso”; en Nápoles le rodean pedigüeños que “sudan y huelen mal, y tienen aspecto ladino, malvado, rastrero” y afirma sin rubor que “nunca le tuve tanta aversión a un chino como se la tengo a estos turcos y árabes degenerados, y cuando Rusia esté lista para volver a declararles la guerra, espero que Inglaterra y Francia no opinen que es de buena crianza, o que denota buen juicio interferir”. Al final de su viaje, cuando llegan a Bahamas, “por fin, bajo la bandera inglesa” celebra que allí “hay civilización e inteligencia, en lugar de la superstición, la suciedad y el miedo al cólera de Italia y de España”, aunque solo unas líneas antes alabe los gratos paisajes rurales de Andalucía y reconozca que “nunca lamentamos tanto de perder de vista una tierra” como el sur de España. Ante el aparente supremacismo de Twain cabe la opción del escándalo y la censura o la misma mirada condescendiente que él dedica a quienes aún estaban atrás en el progreso civilizador. Sin embargo, prefiero ver en la xenofobia que reflejan sus palabras un fósil que me ayuda a entender el espíritu ilustrado, industrializador y darwinista de la época y también la repugnancia contra la sociedad y la cultura católicas que él mismo reconoce cuando, hablando de la piedad que encuentra en los monasterios católicos de Palestina, describe cómo “he sido educado en la enemistad hacia todo lo católico y, a veces, a consecuencia de ello, me resulta más fácil descubrir los fallos católicos que los méritos”. Sería un gravísimo error para la persona magnánima y curiosa, para el viajero que ama el descubrimiento, para el lector que disfruta del ingenio y el talento para la narración, dejar de lado este libro por esas imperfecciones. La misma autenticidad del autor que le lleva a hacer estos juicios de color racista derrama abundantes pasajes llenos de ironía y brillantez que convierten este libro en una obra duradera.

Imagen de la Tierra Santa en el siglo XIX

En definitiva, te invito a sumergirte en la Guía para viajeros inocentes de Mark Twain. Disfruta la genialidad de su autor, prepárate a horas de diversión al emprender este viaje fascinante, porque eso es lo que supone la lectura de un gran libro. Y al pasar la última página, quizá puedas decir lo que el viajero Twain: “La Excursión ha terminado y ha ocupado su lugar entre las cosas que han sido. Pero sus variados escenarios y múltiples incidentes permanecerán, como algo bueno, en nuestros recuerdos durante muchos años. Siempre alzando el vuelo, como íbamos, parándonos tan solo un momento para echar breves ojeadas a las maravillas de medio mundo, no podíamos pretender recibir o retener vívidas impresiones de todo lo que tuvimos la suerte de ver. Y, sin embargo, nuestras vacaciones a la fuga no fueron en vano, porque por encima de la confusión de los recuerdos imprecisos, se imponen las imágenes más valiosas, que seguirán conservando su perfección de colores y formas aún después de que todo lo que las rodea se haya esfumado”.

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