El lavadero

Hala Nelosi

Cuentan por el Valle de Lecrín, en un pueblo cuyo nombre de resonancia andalusí preservará su misterio, que nada volvió a ser igual desde aquel mes de julio de extrema calor, cuando en una noche de luna llena llegaron las doce meigas. Procedían del norte y del sur, del este y del oeste, del Mediterráneo y del Atlántico, de horizontes dispares y de culturas desemejantes.    

Acudieron al Valle convidadas por la más meiga de las meigas; la meiga lila, con el fin de festejar la amistad y  la vida y para celebrar los años vividos y por vivir. No conocían el pueblo, paseando por la noche en una de las blancas callejuelas de edificación árabe, las sabias mujeres fueron sorprendidas por el rumor lejano del agua que se deslizaba serpenteante, laureado por el silencio de la oscuridad. Siguiendo su pista, el susurro las encaminó hacia un lavadero cuyo encanto no os podría describir.

En el lavadero improvisaron un aquelarre, bailaron, rieron, y bebieron tequila hasta el amanecer. Y antes de marcharse, con el agua del lavadero, lavaron sus almas de años de tristezas acumuladas y heridas reacias a cicatrizar. Agua bendecida con sus lágrimas y las de generaciones y generaciones de mujeres que acudían ahí a lavar la ropa, a compartir penas y confidencias y a contar injusticias padecidas por nacer mujeres. Aquel lugar estaba impregnado de su presencia, cada piedra podría contar infinidad de historias de esas mujeres inclinadas refregando y soñando con una vida mejor.

Las doce amigas; la meiga roja, la meiga azul, la meiga rosa, la meiga verde, la meiga violeta, la meiga dorada, la meiga morada, la meiga blanca, la meiga turquesa, la meiga plateada, la meiga púrpura y la meiga lila, se dieron cita al año siguiente en el lavadero, pero una epidemia azotó el mundo y no pudieron regresar. Entonces, hicieron un conjuro para poder reunirse cada luna llena. Viajando desde sus tierras respectivas, burlando las fronteras y el confinamiento, se desmaterializaban y se desplazaban hacia el lugar encantado. Las doce brujas aparecían a medianoche ataviadas con bellas y diáfanas túnicas de colores abigarrados y celebraban su encuentro bajo el auspicio magnánimo de la luna, guardiana ancestral e indefectible de la sapiencia femenil.

Cuentan por el valle, que desde entonces en el pueblo empezaron a florecer los jazmines y las flores de azahar todo el año y las calles exhalaban su perfume día y noche.  El agua del lavadero tomaba un tono tenue morado cada luna llena, el Cristo del lienzo que vigilaba el lugar, se sacudía y se libraba del  calvario que  doblega su espalda. Y por el lapso de una noche, se iba de parranda por ahí, puesto que sabía que las meigas no admitían ninguna intrusión varonil aunque fuese la del mismísimo hijo de Dios. Cada luna llena, embargaban el lavadero las risas de las meigas, ahí chapurreaban, cantaban, bebían, clamaban bellos poemas, leían extractos de sus libros preferidos y al final, se marchaban justo antes de los primeros albores del amanecer. Sin olvidar, antes de separarse, de renovar el conjuro para volver la próxima luna llena. Las vecinas del lavadero, llamaban a la policía denunciando el barullo, explicando que se quedaban desveladas toda la noche por culpa de las brujas.

Alertados por las quejas de las vecinas, los agentes de la guardia civil venían a hacer su ronda, pero no encontraban a nadie, el lavadero estaba vacío y apacible. Sin embargo, en una ocasión, una de las agentes pudo ver a las brujas, pero al darse cuenta de que sus compañeros varones no las podían ver, no dijo nada. Entendió por fin el misterio, los hombres no las pueden ver ni oír, por eso las vecinas las veían y oían pero no sus maridos. Decidió guardar el secreto y no dijo nada a sus compañeros: «De todos modos no me van a creer, lo que ellos no ven no puede existir». Pensó la agente.

Cuentan por el valle que, desde entonces, cualquier mujer que se acercaba a contemplar su reflejo en el agua límpida del lavadero, veía desfilar sobre la superficie del agua sus sueños de juventud, cuando la vida aún le ofrecía un sinfín de posibilidades. Así, podía recordar sus promesas y muchas de ellas, conscientes de que nunca es demasiado tarde para cumplir lo que se prometieron a sí mismas, retomaban sus sueños ahí donde los dejaron. Afirman por el pueblo, que todas las que se han propuesto realizar sus sueños, después de ver su reflejo en el lavadero, lo lograron.

Cuentan por el Valle, que nunca nada volvió a ser igual, empezaron los hombres a sentirse asediados por fuerzas misteriosas y poco apoco han ido asimilando que el pueblo respiraba una energía femenil que invitaba a la serenidad, a la placidez y sobre todo a la armonía. Nadie volvió a quejarse de la barahúnda que acompañaba la visita de las meigas y hasta cuentan que algunos hombres empezaron a verlas paseándose por el pueblo las noches de luna llena. No sabemos con seguridad si es verdad, porque los hombres que las ven aún no se atreven a reconocerlo ante los demás machos del pueblo. Dicen las meigas que algunos de estos hombres están mutando hacia el feminismo pero aún no lo saben. Es la evolución natural de los hombres sabios.

Cuentan por el Valle, que nada volvió a ser igual, desde que las doce meigas pisaron el pueblo cuyo nombre de resonancia andalusí preservará su misterio. El encanto de aquel lugar, incrustado en aquella tierra fecunda y venerable de Andalucía, cruce de sabidurías ancestrales y cuna de civilizaciones antiguas, atrapó sus almas. Las meigas saben que llegaron allí una noche de luna llena, para regresar siempre.  

Dedicado a las meigas que se reconocerán

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