Casa Winter: en el corazón de las tinieblas

Cuando leí Fuerteventura de Vázquez-Figueroa, me sorprendió esa historia de espías alemanes y submarinos nazis en Cofete (Fuerteventura). Después de indagar someramente en Google pude observar que en la red se daba un debate entre los defensores de la versión “conspiranoica” que defendían que en Cofete existían unas cuevas subterráneas que comunicaban con el mar, como puerto de submarinos alemanes en la II Guerra Mundial. Que la Casa Winter sirvió para alojar nazis huidos después de la guerra e, incluso, que fue el último refugio de Hitler y Eva Braun. En el otro bando, estaban los que calificaban todo ese tema de los nazis como una leyenda insular, una fantasía que viene de la gente de aquí (Battiato dixit).

|Foto: Cartel de bienvenida al museo. Alba Cantón

Aprovechando mi viaje a Fuerteventura decido pasar por Cofete —aunque por Cofete realmente no se pasa, sino que uno va expresamente a Cofete— y, de paso, conocer la casa del dilema: “Casa nazi sí” vs. “Casa nazi no”. Durante una hora de conducción por la pista de tierra que atraviesa la península de Jandía hay tramos no aptos para los que padecen miedo a las alturas. Un paseo lento en coche entre montañas desérticas con sus cumbres tapadas por las nubes eternas cofetianas. Algunos cardones —cactus canario—, con sus brazos apuntando al cielo salpican el paisaje restándole monotonía. Al otro lado de la carretera, barrancos profundos que desembocan en la interminable playa. La Casa Winter destaca en la lejanía como un punto blanco en mitad de la cordillera basáltica y oscura. En un cruce de caminos, se indica en un cartel el desvío a la casa. Un camino de tierra cuesta arriba con un firme arrugado, innumerables baches, boquetes y piedras. Allá arriba en la ladera de la montaña, al final del camino, está la Casa Winter, con su torre imponente como la de un castillo bávaro. Las nubes casi la rozan. Dejo el coche a mitad de camino en un espacio habilitado para los cobardes. Y decido ir andando para evitar llamar a una grúa —si es que llegan hasta aquí—.

|Foto: Vista de la torre frente a la costa de Cofete. A. Cantón

Decido bordear el edificio. A pesar de algunos desconchones y humedades, parece conservarse bastante entero. Lo que parece la puerta principal se abre, un señor me da la bienvenida y me invita a entrar. Es Pedro Fumero. El creador del Informe Fumero, donde defiende algunas de las teorías sobre el posible vínculo nazi con esta mansión. La casa es visitable y tan solo pide una donación voluntaria al final de la visita. Antes de entrar, le pregunto qué se cuece aquí y me comenta lo que era de esperar. Está totalmente convencido de lo que dice, incluso habla de que ha recibido amenazas a su persona. La visita comienza entrando en un patio grande con dos higueras, alrededor unos soportales con distintas estancias en las que el visitante solo puede entrar por una. La habitación es muy amplia, debió ser el salón y cuenta con una gran chimenea de piedra. Un anexo a este pudo haber sido el comedor. La habitación está llena de cachivaches, una suerte de colección de medallas, casquillos de balas, fotos, material militar de diferentes épocas, algún casco nazi, mapas… Aquí termina la visita, al menos para mí. Apenas cinco minutos. Efectivamente, era lo que yo pensaba. Una fantasía, no había bases nazis, ni búnkeres, ni nada. Tan solo la historia de su dueño para vender su museo casero.

|Foto: Sala principal del museo Casa Winter. Sergio Erro

Cuando estoy a punto de salir por la puerta Pedro me pregunta qué me ha parecido la visita. Le respondo con un poco efusivo “muy interesante”. Me dice que si tengo tiempo quiere enseñarme algo con la condición de que no tome ninguna foto. Volvemos sobre nuestros pasos y me comenta que no suele hacer este tipo de visitas, pero que tiene interés en corroborarme lo que me ha dicho. Abre una puerta y me invita a pasar al “búnker”. Una pequeña estancia con unas escaleras que bajan. Encendemos las linternas de los móviles; las escaleras terminan en lo que parece una cocina. Me pregunta qué veo y le digo que un horno, una encimera… Impetuosamente me corrige: «¿Crees que una encimera de cocina no va a tener debajo huecos para meter ollas y otros utensilios de cocina? Y, ¿por qué ese hueco de fregadero está al final de esta encimera tan ancha? Esto es una mesa de autopsias, idéntica a las que se pueden ver en Auschwitz y en otros campos de exterminio». Me muestra fotos en su móvil de las mesas de Auschwitz y, efectivamente, son prácticamente idénticas a la que tenemos delante. Además, como es habitual en las salas de autopsias —al igual que en las fotos del móvil—, la cocina tiene en el centro un desagüe. También me dice que para qué querían en la casa un horno que puede llegar hasta los 700 grados. La portezuela es demasiado pequeña para cocinar pan u otro tipo de comidas, ya que no es como los que hay en otras cocinas de esa época porque, según Pedro, ¡es un crematorio! Para hacer desaparecer “piezas” pequeñas como miembros y trozos de cirugías. Pude observar que la puerta del horno era bastante pequeña, nada habitual para un horno de cocina. De nuevo, me enseña fotos de algunos hornos crematorios de campos de exterminio y son iguales. Además, me enseña fotos de los azulejos de Auschwitz y estos también son iguales a los que vemos. Aunque pienso que estos azulejos cuadrados blancos y simples son muy comunes en todas las cocinas. Y como si me leyera el pensamiento —y me lo interrumpiera— me comenta que la medida es la misma que los de Auschwitz y que en una parte de la cocina, algo más nueva, se añadieron algunos azulejos pero son de un tamaño inferior. También blancos. Pienso que es bastante coincidencia y mis ojos comienzan a transformar la cocina de la mansión en una morgue-crematorio nazi. Donde además, añade él, que se hacían experimentos con personas y que él mismo ha encontrado restos de material de laboratorio, como probetas, etc…

|Foto: Grandes baterías encontradas en el interior del edificio. S. Erro

Continuamos la visita solo iluminada con las linternas de los móviles. Atravesamos un pasillo oscuro, parcialmente iluminado por la escasa luz exterior que entra por una tronera que, según Pedro Fumero, era para colocar una ametralladora o un cañón ligero. A un lado del pasillo se encuentra, según mi guía, una celda; es una habitación con el techo curvo, húmeda, sin ventanas. Y, una vez más, comparando el pasillo que tenemos delante con el que aparece en la pantalla de su móvil son de idéntica arquitectura: son fotos de búnkeres alemanes y franquistas. Una vez más, la Casa Winter-Auschwitz. El pasillo tiene a sus lados unos habitáculos con puertas, en algunas de ellas hay literas antiguas y oxidadas —supongo que colocadas a modo de atrezzo— vuelve a mostrarme el móvil, las analogías con algunas estancias del campo de exterminio son idénticas. Techos curvos, sin ventanas… Un auténtico pasaje del terror. Cuando por fin salimos de aquel pasillo atravesamos una puerta hacia el exterior por un lateral de la casa. Los alisios se agradecen para poder respirar fuera de aquel subterráneo siniestro. Ya en el exterior me asomo por un ventanuco que da a un pasillo estrecho y donde no se logra ver el fin. Pedro me comenta que este ventanuco antes no existía y que descubrió ese pasillo hace poco. Un amigo militar le dijo que es idéntico a los pasillos que se usan en ciertos búnkeres y en las bases subterráneas para submarinos. Además encontró grandes baterías dentro del sótano de la casa y que su padre —depositario de la Casa Winter— descubrió un túnel larguísimo que llega hasta el mar.

|Foto: Nubes bajas sobre la Casa Winter. S. Erro

Son las 17:00, es la hora de cerrar. Nos despedimos. No sé si porque Pedro me ha ido convenciendo —cual Quijote a Sancho— embriagado por la atmósfera siniestra o porque realmente la casa guarda secretos, pero mi escepticismo ha tornado en estupefacción. De camino al coche, el viento silba y emula gritos lejanos levantando el polvo del camino. Vuelvo a echar la vista atrás para mirar una vez más la casa, las nubes la rozan, van a cámara rápida empujadas por los alisios. Parece como si la torre expulsara humo a modo de gran chimenea. De nuevo, la imaginación recrea el horror.

Siento escalofríos y cierta desazón que me hace no querer volver a mirar a ese siniestro Nido del Águila majorero.

Sergio Erro
Sergio Erro
sergio@itinerariaeditorial.com
3 Comentarios
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    Ana González San Martín
    Publicado el 11:53h, 23 mayo Responder

    Me ha gustado mucho. Muy bien escrito. Al final resulta, cuando menos, inquietante.

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    José Vicente Cantón
    Publicado el 12:12h, 23 mayo Responder

    !!Que intrigante!! Genial Sergio, me encanta tu forma de escribir y describir. Enhorabuena.

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    Yurena Rodríguez Valerón
    Publicado el 20:16h, 24 mayo Responder

    Qué bueno e intrigante Sergio! Habrá q ir a seguir conociendo historia de Canarias y «del más allá». Gracias!!

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